VIOLENCIA

¿Será posible un futuro en el que no haya más guerras? En algunos periodos históricos se ha visto como posible esa fantasía de la desaparición de las guerras. Uno de esos momentos de optimismo generalizado fue a principios del siglo XX cuando, como recuerda el economista Jeffrey Sachs, el progreso científico y tecnológico, y la creciente interdependencia entre las economías nacionales hizo pensar a muchos que la guerra era algo tan anticuado e irracional que no cabía la posibilidad de que ninguna aventura militar de una potencia contra otra reportara beneficios económicos al agresor. Poco después se desencadenaron las peores guerras de la historia con resultados devastadores para agredidos, agresores y espectadores.

El siglo XXI empezó mal en ese sentido. Irak, Afganistán… pero las guerras de ahora, en general, son distintas a las antiguas, con menos declaraciones formales de guerra de un país contra otro, menos ejércitos convencionales involucrados, y más grupos terroristas, más señores de la guerra y grupos de mercenarios, que reciben el apoyo soterrado de algunos países, en guerras indirectas o a distancia, guerras de baja intensidad o situaciones de violencia crónica, endémica, como ocurre en Somalia, Congo o el Sahel, una zona que incluye Burkina Faso, Chad, Mali, Níger, el norte de Nigeria y Sudan del Sur, donde la desaparición o inoperancia de los estados y sus instituciones mantiene a las poblaciones como rehenes de diversos grupos armados, en situación de extrema pobreza, baja esperanza de vida y tasas de mortalidad infantil disparadas. Las guerras civiles, guerras entre países vecinos, guerras de religión… son mucho más frecuentes en África que en ninguna otra parte del mundo. Según el Banco Mundial, la mayoría (54%) de quienes vivían en contextos frágiles y de conflicto en 2015, se encontraban en África subsahariana.

No hay duda de que la violencia es, con mucho, actualmente, la principal causa de pobreza extrema en el mundo, y además, de la peor clase de pobreza. Los pobres en las zonas de guerra y conflictos armados no son sólo pobres, sino que son asesinados, torturados, violados, secuestrados, expulsados de sus casas y tierras, utilizados como mercancía, como animales de carga, como fuerzas de choque, como rehenes… La violencia saquea y destruye el patrimonio de las comunidades y sus medios de vida, que han sido construidos y desarrollados con esfuerzo y sufrimiento durante años, décadas o siglos, durante la vida de las personas afectadas o durante generaciones, y dejan a las generaciones futuras sin nada.

Se me viene todo esto a la cabeza leyendo hoy un artículo de prensa sobre la guerra de Libia, una guerra cuyas ondas destructivas alcanzan a todo el África septentrional y central, y que subsiste gracias al apoyo de los principales líderes mundiales a uno u otro bando, incapaces de sentarse a cerrar un acuerdo, en este asunto como en muchos otros, en un momento histórico en el que la cooperación internacional parece imposible entre líderes mundiales machos alfa.

Conocí el norte de Ghana en varios viajes que realicé hace unos diez años. En aquella época era una región muy atrasada, donde no llegaban carreteras ni electricidad, parecía como si no hubiera ocurrido nada en mil años, una sociedad rural muy pobre, con una economía agraria y ganadera de subsistencia, organizada en torno a aldeas, tribus y clanes familiares que se daban apoyo mutuo, con jefes tradicionales que ejercían un poder paternalista por encima de los pocos representantes oficiales del Estado. Una sociedad que valoraba mucho sus tradiciones y costumbres -entre ellas la hospitalidad-, pero que veía con interés y esperanza la llegada lenta pero progresiva de la civilización en forma de pequeñas escuelas y centros de salud, pozos de agua potable, luz, herramientas agrícolas, etc, como mejores oportunidades de vida para sus hijos.

Sé que hoy todo eso ha cambiado. La permeabilidad de las fronteras de esa zona ha convertido a todas aquellas sociedades rurales de Malí, Níger, Burkina Faso, y las regiones adyacentes de Ghana, Togo y Benín, en rehenes y objetivo militar de los múltiples grupos armados que merodean por el Sahel. Grupos que reciben múltiples apoyos, directos o indirectos, de extremistas religiosos de Arabia Saudí, países del Golfo y Nigeria; de traficantes de armas apoyados por la industria armamentística mundial y tolerados por nuestros gobiernos; de mercenarios y exmilitares diversos procedentes del desmantelamiento de Estados como Libia, Sudán o Somalia. Amigos míos han sido testigos directos de cómo grupos armados han quemado y destruido escuelas y hospitales de Cooperación Internacional en Níger. Y ahora, millones de seres humanos con sus vidas masacradas, sin esperanza.

Paradójicamente, la solución es al mismo tiempo sencilla -bastaría con el compromiso por la paz de los diez o quince mayores líderes mundiales- e imposible –la mayor parte de los líderes mundiales de ahora son belicosos y bravucones-.

En fin, confiemos en que -como señala Rossling en su conocido libro Factfulness- el mundo continúe su lenta pero inexorable senda de progreso, dos pasos adelante y uno atrás, y algún día alcance a los más pobres de los pobres, aquellos que viven en zonas de violencia. Hoy he leído también, que España va a retirar tropas de Irak y Afganistán para apoyar a Francia en su operación de pacificación en el Sahel. Quizá un pequeño paso.

Fernando García Marín

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